El Señor Jesús nos anima

Henry Calderón / Asociado /

En estos tiempos cualquier situación que estemos atravesando, independientemente del grado de dificultad, buscamos un consejo o ayuda con la esperanza de resolver aquel conflicto.

Hay momentos en que nos sentimos tan vulnerables, que buscamos una respuesta o solución inmediata, con preguntas como, ¿por qué a mí? ¿qué hice? ¿ahora qué hago? o frases como “estoy tocando fondo”, “no encuentro ninguna solución”.

Pero lo más hermoso es que el Señor en su Palabra, nos da ánimo, para después darnos una solución.

Jesús calma nuestra tempestad.

¿Pero qué es el ánimo?

El significado teológico de ánimo proviene del verbo parakaleo : ser consolado, exhortar, alentar, amonestar, confortar.

“Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; Yo soy, no temáis!”. Mateo 14:27 RV1960.

El Señor Jesús, hizo que sus discípulos ingresaran a la barca, mientras despedía a la multitud y después subió al monte a orar.

La barca estaba en medio del mar, con un oleaje fuerte, ya que era azotada por un gran viento.

En la cuarta vigilia, el Señor vino a ellos caminando sobre las aguas, ellos se turbaron pensando que era un fantasma, pero él les dio ánimo y valor para que no temieran.

Pedro le solicitó al Señor ir a donde él, caminando sobre las aguas y Jesús le dijo ven, cuando iba caminando por el agua, al sentir el fuerte viento, Pedro se hundió, pero el Señor lo asió, lo rescató y le dijo «hombre de poca fe», porque había dudado. Después el Señor calmó el viento y lo adoraron. Este relato lo encontramos en Mateo 14: 22-33.

«Si eres tú, deja que yo vaya a ti».

Cuando el Señor está dispuesto a darnos ánimo en nuestras vidas, nos dice que no tengamos temor, que Él es el Yo Soy, el creador de nuestras vidas, el que conoce lo más profundo de nuestro corazón.

Pero nos comportamos como Pedro en ese momento, dudando de que el Señor nos pueda librar y ayudar. Y a lo mejor decimos «si eres tú, deja que yo vaya a ti«. Pero Él en su inmensa misericordia, siempre nos va a decir ven.

Empezamos a caminar con Él, pero cuando vienen las pruebas, o los problemas que en ocasiones nosotros mismos creamos, dejamos de mirar a nuestro Señor Jesucristo y entonces empezamos a hundirnos, autocompadeciéndonos, perdiendo la confianza en lo que Él puede hacer en nosotros.

El Señor siempre está dispuesto a darnos su mano y animarnos, pero tenemos que clamar en oración y en obediencia, con fe y sin dudar, ¡Señor, Sálvame!

Y tenga la seguridad, que el Señor Jesús calmará nuestra tormenta, de acuerdo con su soberanía y voluntad.