Mi hijo es mi muleta

María Isabel Solís Ramírez / CCSS /

La mañana del 24 de abril del 2019, la vida de don Orlando Rayo Salgado dio un giro de 180 grados.  Un bus embistió la moto en la que viajaba y él llevó la peor parte de aquel percance vial.  Solo unos minutos más tarde se vio en el Hospital San Juan de Dios rodeado de gente de verde, de gabachas blancas y de repente en un quirófano.

Cuando despertó de la primera cirugía que le practicaron, los médicos le plantearon la posibilidad de amputarle una de sus extremidades. Su primera petición era que lucharan por salvarle la pierna, pero conforme pasaban las horas, la decisión era impostergable.

Firmó el consentimiento y cuando despertó de la tercera cirugía ya no contaba con una de sus extremidades inferiores fue, según lo recordó, el momento más duro que le ha tocado vivir y que no desearía que le pase ni a su peor enemigo.

La vida de don Orlando se partió en dos desde ese momento.  Del hombre dinámico y fuerte, de repente se vio sin una de sus piernas y dependiendo de muletas para poder desplazarse.

Por su cabeza pasaron un sinnúmero de pensamientos, pero se aferró a Dios.  Tenía dos opciones rendirse o luchar.   Se decantó por la última.  Pensó en su esposa Dolores, en su hijo Gerson de 10 años.  Si el Creador le daba una posibilidad de vida, ¿Por qué la iba dejar pasar?

Cuando estaba en el hospital, cada vez que podía, se desplazaba a la capilla a pedirle a Dios que le recobrara el ánimo, la fuerza y el espíritu de lucha para seguir trabajando como en el pasado.

Ocho meses después del accidente, más acostumbrado a las muletas, don Orlando no pierde la fe y la esperanza de conseguir una prótesis que le permita continuar con su oficio de constructor y llevar el sustento al hogar, mientras tanto Gerson se convierte en la muleta que lo acompaña por doquier.

Para don Orlando su hijo se convirtió en su primer motor de lucha, de inspiración por la vida.  Desde que estaba en el hospital Gerson fue su cómplice, su guía, su motivación.